Mi nombre es Diana Patricia Ríos Vargas, tengo 23 años de edad pero uno de verdadera vida. Fui bautizada católica y estudié en colegios católicos hasta terminar el bachillerato. Viví siempre con mi familia materna, pues mis padres se separaron desde que tenía 4 años. No tenía costumbres católicas arraigadas, así que cuando asistía a misa u otras celebraciones lo hacía porque correspondía, mas no por amor a Dios ni respeto a la Iglesia. Hice mi confirmación cuando estaba en décimo, sin sentido alguno, sólo por cumplir, si pudiera hacerla de nuevo no lo dudaría ni por un segundo. La última vez que me confesé fue a los 15 años, antes de la misa de graduación. Siempre fui juiciosa, no daba problemas en mi casa. Hasta que por esta época empezó la rebeldía; el existencialismo, no pasó mucho tiempo hasta que ingresé a la universidad. A los 16 años inicie la carrera de Química que duraría 6 años, y durante este tiempo nunca fui a misa, a excepción de la muerte de mi bisabuela y del matrimonio de una de mis mejores amigas. Sin pensarlo, me quité mi vestidura bautismal y la colgué donde se mancharía y desgastaría. Me dedique a ser estudiante y a ser novia. Por esta época perdí la mayor gracia que Dios nos da a sus hijos que es la de ser vírgenes; puros, situación que fue entendida en un ambiente en el que no te lo prohíben, sólo te dicen: no se vaya a tirar la vida, entonces me dedique a “no tirarme la vida”. Sin saber lo que era la misericordia de Dios, cada año, en cada miércoles de ceniza, me acercaba a la capilla de la universidad a que me hicieran la Santa Cruz en la frente. Recuerdo que en una de esas ocasiones me dirigía al laboratorio y varios de mis compañeros se rieron, a lo que yo respondí: “no soy rezandera pero creo en Dios desde pequeña, si no te gusta, pues no me mires”. Evidentemente, de humildad muy poco. Ahora solo puedo rescatar que la conciencia Divina la escuchaba cada año el primer miércoles de febrero. Inicié una carrera en ascenso hacia la perdición. Era “feliz”, tenía una familia que me apoyaba en todo, estudiaba la carrera que me apasionaba, tenía muy buenos amigos, tenía una vida planeada milimétricamente camino al éxito profesional, vivía de fiesta en fiesta y lo más importante para mí, en ese entonces, tenía un amor “para toda la vida” que duro 6 años y con el que conviví un tiempo. Me encontraba en el punto máximo de mi felicidad. Acto seguido, inició la caída libre… En mayo de 2010 con 22 años cumplidos había cometido todos los pecados mortales y faltado a muchos de los mandamientos; las obras de misericordia se quedaron escritas en el cuaderno de religión de primaria, porque yo ya era otra persona. Era la criatura que vivía para ser perfecta ante el mundo. Dios era energía, los astros conspiraban, hice parte de muchas falsas espiritualidades, en pocas palabras, yo era un títere de la paganía. Mi templo estaba en peligro, estaba lleno de…. Nada. Mi relación sentimental se terminó y ese fue el detonante. Involucioné completamente, entré en un periodo de depresión agobiante, ideas frustrantes, ideas de suicidio; la imagen más parecida a lo que era mi vida, es lo que queda después de que ha pasado un huracán. Fui al psicólogo. Diagnóstico: Decepción amorosa. Causa: Baja autoestima. Dioscidencialmente, a dos cuadras del consultorio de Psicología hay una iglesia católica, muy tradicional por cierto. Ese día entré a la iglesia y arrodillada con las manos en la cabeza mire la Santa Cruz, y con la voz ahogada en llanto le dije a Jesús: “Vengo a decirte que si tú realmente me quisieras no permitirías que yo estuviera así, me estoy muriendo en vida y tú no haces nada, tú no me quieres, tú me abandonaste Dios ¡tú me abandonaste!” Entonces lloré y lloré. Me puse en pie porque llegó a mi mente la idea de que era una tonta por hablarle a una cruz inanimada, por estar en una iglesia llena de nadie…. Solo de santos de yeso y asientos de madera. No contenta con estar sumergida en el lodo, me revolqué en el. Una semana después mi vida se puso peor. Me di cuenta de situaciones que me quitaron la poca fuerza que me quedaba. En Julio del 2010 estaba muy enferma espiritualmente, mi familia fue consciente de ello, así que buscaron la ayuda de Dios, nos unimos, ellos oraban por mí ya que yo no podía orar por mí misma. Supe de personas que oraban por mí sin saber quién era yo, tan indigna de su caridad. Mi proceso espiritual había comenzado y yo no lo sabía, no era consciente de nada, porque mi conciencia se había perdido muy temprano. Conocí a quienes actualmente son mis padres espirituales, ahora hacia parte de una familia espiritual. Y para la Gloria de Dios, comencé a sanar. Experimenté el perdón de Dios, él tuvo misericordia de mi vida y mi convalecencia la hice a través de la Sagrada Eucaristía. Y fue allí donde comenzó la vida…. Cristo Pan de Vida se fundió en mí, mi corazón se inundó de Fe, mi familia se reafirmó en Cristo, se rompieron las cadenas que me ataban a la infelicidad, la vestidura bautismal me fue devuelta. Fue por el infinito amor de Dios que mi familia y yo ahora somos personas distintas que vivimos confiados en Él que todo lo puede, que nos da la victoria, que nos mira con ojos de bondad ante tantos desamores cometidos. Aún estaba dando mis primeros pasos en el Catolicismo, cuando un día de diciembre de 2010 me di cuenta de que la Arquidiócesis de Cali necesitaba misioneros. Yo no sabía qué era una misión, no sabía qué era ser misionero, no conocía a nadie de ese medio, no tenia referencias de nada, pero sentí algo en mi corazón que me impulsó a buscar los medios, hasta que me vi inscrita en la misión y llegué a mi casa a decir: “mamá vuelvo el 25 de diciembre, me voy de misionera”. El rostro de mi madre quedará grabado por siempre en mi mente, fue difícil entenderlo para ella, pero en su corazón estaba la tranquilidad de que iba de la mano de Dios, de que era algo que sólo Dios podía arrastrarme a hacer, porque de otro modo no lo hubiera hecho jamás. Estando en la misión conocí a una Joven Misionera del Santo Padre que me habló acerca de la misión de Marino Restrepo, de la necesidad de alcanzar la santidad, del papel de los jóvenes en la Iglesia, de la necesidad de rescatar la Sagrada Tradición. Muchas cosas no las entendí, pero de lo poco que entendí dije: “gracias, eso no es para mí, no soy capaz de un cambio tan radical, eso no es lo mío”. Cuán grande habrá sido la sonrisa de Dios Padre cuando dije esas palabras. Tal vez pensó: “No tienes escapatoria pequeñita, ya te he escogido”. Y así fue. Un día de enero, por “probar” asistí a una reunión de Jóvenes Misioneros del Santo Padre, de nuevo el corazón me ardía en un fuego que ya se hacía más familiar para mi, desde entonces soy parte del grupo porque Dios quería que tuviera esa formación, que lo alabara desde esa misión, que se convirtiera en mi disciplina de vida. Dios dispuso las circunstancias para que conociera a personas maravillosas, para que mis ojos pudieran ver sus obras, para que contemplara la conversión de mi familia, para que me cayera y sintiera la alegría de levantarme, ahora es esa Santa Cruz a la que un día le hice reclamos la que me sostiene ante tantas dificultades de la vida. La transformación continúa, dispongo mi vida para Él, aprendí que no debo ir en su contra, aprendí a dejarlo ser Dios. Me bendijo con una familia llena de amor, con unos amigos que como yo ahora estamos locos por su hijo Jesucristo, con una pareja con la cual estamos madurando nuestra fe, con un corazón aún obstinado pero que se rinde ante el Sagrario y con una nueva conciencia que me impulsa sólo a alcanzar la Santidad. Para la Gloria de Dios. Amén.