“El comienzo del pecado y de la caída del hombre fue una mentira del tentador que lo indujo a dudar de la palabra de Dios, de su benevolencia y de su fidelidad”. Catecismo de la Iglesia católica, 215
El momento de la eternidad en que el hombre decidió por su Libre Albedrío alejarse de la Verdad fiel y santificadora, fue el inicio del rechazo a los valores morales que hoy es tan evidente en la sociedad mundial. Con el pecado original, nosotros decidimos apartarnos del camino de la bienaventuranza en Dios creador y nos aferramos al pecado como condición natural de la humanidad. Sin embargo, en Su infinita bondad, Dios decidió otorgarnos más oportunidades y fue justamente por eso que nos prometió que “ los montes podrán desplazarse, que las colinas podrán removerse, mas su amor no se apartará de nosotros, ni Su alianza de paz se moverá “. Isaias 54,10
La historia del mundo ha estado marcada por las guerras y las injusticias, dejando como saldo dos elementos no menos corrosivos, la sangre y el odio de los cuales fue víctima el Hijo, nuestro Dios y Salvador. No obstante, la aparición del cristianismo ha significado la verdadera libertad de la cual el Santo Padre Benedicto XVI habla tanto en sus escritos porque significó la complementación de esa ley que carecía de esencia en el amor y le impregnó ese perfume que tanta falta le hacía, Yahvé se valió de sus tantos patriarcas y profetas para sacar a su pueblo del paganismo e ignorancia en la que estaba sumido, pero fue con la venida de Su Hijo cuando el mensaje de reconciliación y bondad se reveló en su totalidad. A partir de ese momento nada volvió a ser igual y la humanidad contaba ya con las bases para convertirse en verdadera portadora del amor y misericordia con que fuimos rescatados de las garras del pecado.
A pesar de tantas gracias otorgadas por el Creador, amoroso y misericordioso por excelencia, hemos caído de nuevo en lo más hondo de la ignorancia, alumbrada por el hedonismo con el cual la sociedad comulga y dejando de lado todos los valores que Jesús vino a exponernos con Su Revelación, convirtiendo en algo aceptable jugar con la dignidad del prójimo y reduciendo al hombre a ser mercancía de uso, relativizando todo lo concerniente al pecado y amañando la realidad a nuestra conveniencia para alimentar la carne, despreciando de tal modo el valor ascético por el cual nuestro cristianismo debería estar regido, para así dar cabida a lo más vano y superficial; aquello que nos aleja del Bien Máximo. Como verdaderos hijos de Dios debemos retornar a la búsqueda de la plenitud espiritual, viviendo humildemente y centrando nuestra vida en el Evangelio, siendo fuertes en ayuno y en sacrificios, para de ese modo mortificar la carne en todas sus variables, viviendo como lo hacían los primeros cristianos y logrando que nuestro testimonio de vida ayude a cambiar los corazones de tanta gente enceguecida por el odio, la ambición, la lujuria y todos los elementos que afectan su camino espiritual. Colaborando así con la misión salvífica de Dios y ayudando a que la humanidad tome un segundo aire en este mundo regido por los medios de comunicación, la tecnología, la moda, el poder, la política y el placer, siendo luz en medio de tanta oscuridad y regalándole a Dios las herramientas para que Él pueda realizar Su obra a través de nosotros.
“El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas”. Catecismo de la Iglesia Católica, 2015
Por: Jorge Eduardo Arbeláez O.