¡Los jóvenes misioneros del santo padre continuamos con el desarrollo de Lumen Fidei, la primera encíclica del Santo Padre Francisco!

El pasado domingo 3 de noviembre nos reunimos y como es habitual iniciamos rezando una devoción, en esta oportunidad introducimos la coronilla al Niño Jesús de Praga, nueva para algunos jóvenes, devoción donde contemplamos la divina infancia de Jesús, a quien le encomendamos la mañana y nuestras intenciones.

Después de una actividad dinámica, dimos paso al “Espacio Lumen Fidei e iniciamos el desarrollo del primer capítulo para ello nos dividimos en dos grupos, la idea era que cada uno explique su tema de la manera más creativa posible.

Y mediante dibujos, teatro y otras actividades muy divertidas concluimos con la reflexión que cada líder del grupo nos daba, tomando como referencia dos figuras muy importantes dentro de la historia de la salvación: 

-Al padre Abraham, como gran ejemplo de  fe y confianza en el señor, a pesar de las pruebas, y la Fe del pueblo de Israel, quien dejándose llevar por la idolatría cae una y otra vez, olvidándose de las promesas que Dios le había hecho.

-Resaltamos la diferencia entre Fe e Idolatría, donde la primera orienta al verdadero camino del amor de Dios y la otra, nos ofrece múltiples senderos que confunden y no conducen a ninguna parte.

-La fe como don recibido, nace de una llamada hecha por Dios a los hombres y de la aceptación de éstos, hemos visto como Dios a lo largo del tiempo se manifiesta al hombre para ofrecerle su amor misericordioso, amor que se deja en­contrar, que se ha revelado en plenitud en la pa­sión, muerte y resurrección de Cristo. 

Nos dimos cuenta que esa llamada es también para nosotros los jóvenes, un llamado a creer, vivir y compartir la fe, de tal manera que la verdad del evangelio siga transmitiéndose a toda la humanidad.

Después, de haber tenido una mañana muy enriquecedora y divertida, finalizamos con la oración que el santo padre dirige a María al final de la encíclica.  ¡Madre, ayuda nuestra fe! Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tri­bulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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